La semana pasada hicimos en Genially un hackathon distinto a todos los que he hecho en mi vida. La premisa era sencilla y ambiciosa a partes iguales: repensar nuestros flujos de trabajo completos —los de producto y los de desarrollo— poniendo la IA en el centro. IA first.
Y salí con una sensación rara, contradictoria, que llevo varios días intentando ordenar.
Hicimos muchísimo más que en cualquier otro hackathon. Y aun así, la energía, el flow, esa sensación de estar en la zona, fue de lo peor que recuerdo.
Vamos por partes.
Empiezo por aquí, porque sería injusto no hacerlo.
Es increíble el valor que puedes entregar en un lapso de tiempo tan corto. Y no lo digo como titular vacío, lo digo con ejemplos concretos:
Y un aprendizaje que no esperaba reforzar tanto: la conversación con el equipo sigue siendo fundamental. Si le das espacio a esa conversación y pones las herramientas para recoger feedback —un FigJam, lo que sea— en un momento aclaras dudas que la IA por sí sola no te iba a resolver. La IA no sustituye al equipo. Lo acelera.
Aquí hay dos cosas, y una me preocupa más de lo que pensaba.
La IA es terriblemente complaciente. Por muy específico que seas en el prompt, por mucho que le exijas ser ortodoxo con las mejores prácticas de producto, siempre te entrega un default. Una opción recomendada, servida en bandeja, para que te resulte facilísimo darle a continuar al siguiente paso. Gastas más tokens y, sobre todo, no te obliga a parar a pensar. Y parar a pensar es, muchas veces, el trabajo.
Y luego, hablando ya en concreto de Claude, la interoperabilidad entre sus propias herramientas es deficiente. Es paradójico que conecte tan bien con sistemas externos y tan mal consigo mismo:
Cada herramienta es una isla. Y tú haciendo de barca.
Esta es la parte que me importa de verdad.
El flow, estar en la zona, esa inmersión total en una tarea en la que el tiempo desaparece y todo encaja. Pues bien, trabajar con un LLM funciona más o menos así:
Primero coges contexto. Entras en la tarea, en el proyecto, en la iniciativa. Entiendes el reto, vas pensando ideas, soluciones, los problemas colaterales que sabes que van a aparecer. Lo que de verdad pasa, vamos, en lugar del irreal double diamond de los esquemas de diseño.
Y entonces empieza el loop con el LLM:
Y vuelta a empezar. El loop se repite hasta que sacas algún outcome.
El problema no es la espera. El problema es que la espera te expulsa de la zona, y volver cuesta muchísimo más que esperar.
Porque este flujo genera valor. Da velocidad, sí, pero hay algo más interesante: si nos centramos únicamente en la fase de producto, un buen prompt genera una conversación que te obliga a pensar en detalles de producto en los que no habías caído.
Y no hablo de la técnica del rubberduck de toda la vida. Hablo de que un LLM es capaz de desvelar gaps reales en tu razonamiento, agujeros que ni sabías que tenías, y de obligarte a recorrer entero el framework que habías planteado. No el que dices que recorres. El de verdad.
Eso, reconozcámoslo, es muy valioso.
¿Y dónde está la esperanza? En que, idealmente, con el tiempo tendremos modelos más pequeños y más eficientes. Ese loop será prácticamente instantáneo. Y cuando la espera desaparezca, desaparecerá también la pérdida de contexto.
Ese día volveremos a estar en la zona. Mientras tanto, toca aprender a bailar con las pausas.
Ojo: todo esto lo he mirado desde la lente de la productividad. He dejado fuera a propósito variables como el impacto medioambiental o el coste de tokens. Son temas apasionantes, pero no era el scope de este post.
Mil gracias a Genially por montar este hackathon. Creo de verdad que, a la velocidad a la que aparecen nuevas herramientas y flujos de trabajo de IA, es de esas cosas que toda empresa debería repetir cada seis meses.
